CUATRO AÑOS PARA COMPRENDER.

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Creo que lo estoy entendiendo, recuerdo que cuando tenía dieciocho años el fuego de mi motivación estaba en su punto más alto, era una flama implacable y vigorosa. Desde los catorce hasta los veintiún años fui una persona que cumplía las metas que se proponía, siempre con la mirada fija en el objetivo final. 

Mi motivación era pura, sin esfuerzos, sin dudas, una motivación orgánica sin ninguna aspiración económica que provenía de mis ganas de explorar, aprender y probarme a mí mismo qué podía hacer lo que me propusiera. Por otro lado también era una motivación inocente e inmadura, mi falta de conocimiento del mundo me daba una confianza ciega que me hacía pensar que podría lograr cualquier cosa sin necesitar ayuda de alguien más.

Saber qué quería hacer de mi vida desde tan temprana edad me ayudaba mucho, sin embargo, este exceso de confianza mezclado con las hormonas me convirtió en un adolescente no muy agradable para algunas personas. Creo que a muy pocas personas les he contado esto, pero hoy lo comparto con la esperanza de que mis experiencias puedan ayudar a alguien. Mi forma de pensar o juzgar a las personas en ese tiempo era:

“Si una persona no tiene ni idea de lo que quiere de su vida, o sólo dedica su tiempo en distracciones superficiales, es una persona con la que no vale la pena socializar, o inclusive, es una persona estúpida que sólo estorba”.

Lo sé, es una forma de pensar inmadura e inclusive inhumana.

Esta filosofía era una de las causas por la cual me costaba tanto trabajo conectar a un nivel profundo con las personas, (aún me cuesta trabajo, pero en otro post tocaré ese tema), por esta razón mi círculo de amigos era limitado, sobre todo en la secundaria y preparatoria. En la escuela de actuación me era más sencillo crear relaciones con otras personas, supongo que era porque compartía con ellas intereses artísticos, sin embargo, aún en un medio artístico siempre y hasta la fecha me he sentido como un pez fuera del agua.

Durante mis años de adolescencia logré cumplir muchas de mis metas y fui una persona adelantada a su edad, sin embargo esto comenzó a cambiar alrededor de la época cuando cumplí veintiún años de edad. La flama de mi motivación comenzó a sufrir apagones que nunca antes había experimentado, dudas asaltaron mi interior y por primera vez en mi vida conocí lo que es la ansiedad.

Entraron en mi vida responsabilidades y aspiraciones económicas, conocí nuevas personas y mis círculos sociales cambiaron radicalmente. De repente, me di cuenta de que aunque sabía hacer muy bien las cosas que quería hacer, necesitaba conectarme con personas que estuvieran trabajando profesionalmente dentro del medio artístico en el que me quería desenvolver.

Comencé a dudar de mí mismo, comencé a dudar de mis metas, comencé a dejar que las opiniones y dudas de otras personas me afectaran, inclusive de personas que ni siquiera me conocían. Prácticamente, la flama de mi motivación se apagó. No porque no quisiera arder, sino porque la leña que la generaba, ya no era el tipo de madera correcta para mi evolución. Yo no entendía qué estaba pasando, es más ni siquiera estaba consciente de que “algo” estuviera pasando. Tuvieron que pasar años para que yo comprendiera que en ese momento estaba iniciando un nuevo ciclo de vida.

Dentro de este nuevo ciclo, inconscientemente comencé a quitar mis ojos de mis metas y comencé a enfocarme en mis habilidades sociales. Esto puede no sonar tan malo, pero para alguien que estaba acostumbrado a siempre seguir su corazón sin escuchar lo que dijeran los demás, esto significaba entrar a un territorio peligroso e inexplorado. En pocas palabras dejé de trabajar en mis metas de largo plazo para cumplir con exigencias sociales y adaptarme a la sociedad.

Emocionalmente hablando, puedo decir con seguridad que estos años han sido de los años más difíciles de mi vida. Estuve deprimido por mucho tiempo y lo peligroso de la depresión es que de repente puedes estar muy feliz y de repente estar dentro de un abismo oscuro y profundo de infelicidad; Es como una energía oscura que vive dentro de ti capaz de activarse en cualquier momento y sin aviso alguno. Estaba desorientado, no sabía qué era lo correcto, a donde tenía que ir o qué tenía que hacer. Dejar de trabajar en mis proyectos trajo como consecuencia que mi confianza cayera por los suelos.

El factor determinante que me hizo comprender qué estaba pasando en mi vida, fue dejar de buscar respuestas concretas en un plano intelectual y acercarme al lado espiritual. Puedo agradecer a la meditación por haber sido el medio para comenzar a comprender lo que pasaba dentro de mi alma y mi ser. Meditar me abrió el camino para reforzar mi conexión espiritual con el universo, lo que desencadenó una serie de sucesos que aceleraron sustancialmente mi proceso dentro de este nuevo ciclo de vida.

Una vez que logré calmar un poco mi mente y comencé a ver las cosas con más claridad, entendí que estaba pasando por un nuevo proceso de maduración. Cambié mis paradigmas y dejé de pisar el acelerador. Ahí es cuando todo comenzó a tener sentido. Pronto me di cuenta de que este proceso me estaba enseñando cosas que me hacían falta comprender.

Aprendí a ser más compasivo, elocuente, empático, tolerante y sociable. Aprendí que cualquier persona puede enseñarte algo, aprendí que necesitas de otros para triunfar, comprendí la gran fuerza del amor, de la familia y de los amigos, y lo más importante, comprendí que aunque la mayoría de las personas no se atreven a seguir su corazón e ir tras sus más grandes aspiraciones, no significa que estas personas no valgan la pena, simplemente sus estándares realización y felicidad son diferentes a los míos o se encuentran en un proceso de vida diferente al mío.

Aprender todo esto me tomó cuatro años de mi vida, por lo cual, quien me conoce personalmente puede deducir que este aprendizaje es muy reciente (tengo 25 años). Digo que esta etapa de mi vida ha sido la más difícil porque mi ambición natural por continuar cumpliendo mis metas, fue desplazada y obligada a ponerse en pausa, por la necesidad de mi alma por madurar y conectarse espiritualmente con el universo.

Prácticamente mi alma puso un alto para reclamar su evolución y enseñarme el valor de la paciencia, y ¿les digo algo? Agradezco profundamente que así haya sido, porque ahora comprendo y puedo poner palabras a cosas de mi interior que antes desconocía o que simplemente son naturales en mí.

Esa leña que generó las flamas de mi motivación durante mis años de adolescente desapareció durante todo este proceso, dejando un espacio para recibir una madera más evolucionada y apta para el siguiente ciclo de mi vida, madera que como escribí en mi post anterior, acaba de llegar a mi vida hace unos cuantos días. ¿Y les digo otra cosa? Las llamas de esa nueva leña son mucho más potentes y estables, ¿por qué? Porque a diferencia de la madera anterior, esta no tiene ego… pero eso es otro tema del cual escribiré en otro post.

Por lo pronto, estoy agradecido con la vida por estas lecciones. Me costó mucho trabajo entender que a veces tenemos que detenernos para avanzar. Gracias por leer.